La ciudad
Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
[..] ¿Qué nos está pasando con lo que acontece en nuestro país, que ya nada nos asombra? La violencia, la desesperanza, la injusticia. Ya nada nos asombra. En el video “Caracas, ciudad de despedidas” se puede ver la opinión de unos jóvenes que expresan su deseo de irse del país porque aquí ya no hay futuro. Pero en el fondo evidencian un profundo desarraigo. ¿Qué ha pasado con nuestro asombro, con nuestra capacidad espiritual de estar juntos y actuar como pueblo? En el poema La Ciudad de Constantino Cavafis, una persona decía que quería ir a otra ciudad y buscar otros caminos. El poeta le respondía que si no es capaz de comprometerse con su destino como pueblo, no hay otra ciudad a la que ir, y todo será infecundo. Entonces, dondequiera que estemos tenemos que comprometernos con lo que acontece, con nuestra realidad. [..]
(Source: revistahuellas.org)
[..] La cuestión capital del cristianismo hoy día, tal y como Vuestra Santidad anunció sugerentemente ya en la Redemptor hominis, encíclica programática de su pontificado, es identificarlo con un Hecho –el Acontecimiento de Cristo– y no con una ideología. Dios ha hablado al hombre, a la humanidad, no con un discurso que en último término pueda ser un hallazgo de filósofos o intelectuales, sino como un hecho acaecido del que se tiene experiencia. Vuestra Santidad lo ha expresado en la Novo millenio ineunte: «No será una fórmula lo que nos salve, sino una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!». Si por algo se caracteriza nuestra pasión educativa y comunicadora es por un continuo reclamo a este focus inefable de la experiencia cristiana, en el que muchos no reparan dándolo casi por supuesto, como una premisa obvia.
Dentro del gran cauce de la Iglesia, y de la fidelidad al Magisterio y a la Tradición, hemos querido siempre llevar a la gente a descubrir –o a ver de manera más fácil– cómo Cristo está presente. Por lo cual, el camino para alcanzar la certeza de que Cristo es Dios, para no dudar de que es verdad lo que Jesucristo dijo de sí mismo, encuentra su verdadera respuesta en la actitud de los Apóstoles, que se preguntaban repetidamente: «¿Quién es éste?» en cuanto su experiencia humana se veía provocada por el carácter excepcional de aquella presencia que había entrado en sus vidas. [..]
[..] Un primer elemento que el apóstol nos quiere hacer entender es que la oración no tiene que ser vista como una simple obra buena realizada por nosotros hacia Dios, una acción nuestra. Es sobre todo un don, fruto de la presencia viva, vivificante del Padre y de Jesucristo en nosotros. En la carta a los Romanos escribe: “Del mismo modo también el Espíritu viene para ayudar a nuestra debilidad: no sabemos de hecho cómo rezar de manera adecuada, pero el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables” (8,26). Y sabemos cuanto sea verdad lo que dice el apóstol: “No sabemos cómo rezar de manera conveniente”. Queremos rezar pero Dios está lejos, no tenemos las palabras, el lenguaje para hablar con Dios, ni siquiera el pensamiento.
Solamente podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que Él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo. El apóstol dice: justamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, o este deseo de entrar en contacto con Dios es oración que el Espíritu Santo no sólo entiende, pero lleva, interpreta hacia Dios. Justamente esta debilidad nuestra se vuelve –gracias al Espíritu Santo–, verdadera oración, verdadero contacto con Dios. El Espíritu Santo es casi el intérprete que nos hace entender a nosotros mismos y a Dios qué es lo que queremos decirle.
En la oración nosotros experimentamos más que en otras dimensiones de la existencia, nuestra debilidad, nuestra pobreza, el ser creaturas, pues somos puestos delante de la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Y cuanto más progresamos en el escuchar y dialogar con Dios –de manera que la oración se vuelve la respiración cotidiana de nuestra alma–, tanto más percibimos también el sentido de nuestro límite, no solamente delante a las situaciones concretas de cada día, pero también en la misma relación con el Señor. Crece entones en nosotros la necesidad de confiar, de confiarnos siempre a Él; entendemos que “no sabemos … cómo rezar de manera conveniente”. (Rm. 8,26). Y es el Espíritu Santo que ayuda nuestra incapacidad, ilumina nuestra mente y calienta nuestro corazón, guiando nuestro dirigirse a Dios. Para san Pablo la oración es sobre todo el operar del Espíritu en nuestra humanidad, para hacerse cargo de nuestra debilidad y transformarnos de hombres atados a la realidad material, a hombres espirituales.[..]
La palabra “recordar” viene del latín “recordari “, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien presente en la memoria. Significa “volver a pasar por el corazón”. Si yo le digo a alguien que lo estoy recordando, le estoy diciendo que lo estoy volviendo a pasar por mi corazón.
Gracias: Clara Roccatagliata
(Source: etimologias.dechile.net)



